Holocausto: de Saint Etienne a Auschwitz

| julio 30, 2016

A la memoria de Lupita Ramírez, catequista,

en el día de su pascua

Este martes pasado, 26 de julio del presente, cerca de las 9:30 hrs., en la localidad francesa de Saint Etienne du Rouvray, Ruán, al norte de Francia, mientras celebraba la Misa, el Padre Jacques Hamel de 86 años, fue degollado por dos individuos que se dijeron miembros del Estado Islámico; así mismo hirieron gravemente a otra persona. Momentos después fueron ultimados por la policía.
Al día siguiente, miércoles 27, el Papa Francisco volaba a Polonia para su encuentro con los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud; durante el vuelo, en rueda de prensa dijo a propósito de la muerte del Padre Jacques: “Esta es una guerra […] No tenemos miedo de decir esta verdad: el mundo está en guerra porque ha perdido la paz […] Cuando yo hablo de guerra, hablo de guerra en serio, no de una guerra de religión, no. Hay una guerra de intereses, hay una guerra por el dinero, hay una guerra por los recursos naturales, hay una guerra por el dominio de los pueblos: esta es la guerra”.
Ya en Polonia, el Papa visitó este viernes 29, lo que fue el campo de exterminio nazi en Auschwitz, y oró en silencio por las víctimas de la Shoah (que se puede traducir literalmente por “tempestad devastadora”), los judíos sacrificados durante la Segunda Guerra mundial en los campos de exterminio, conocida también como “holocausto”. Oró en el lugar donde murió el Padre Maximiliano Kolbe, el santo franciscano que ofreció su vida para que un compañero de cárcel condenado a muerte viviera. Al final dejó escrito luego de su oración: “¡Señor, ten piedad de tu pueblo! ¡Señor, perdón por tanta crueldad!”.
De los diversos tipos de sacrificio que el pueblo de Israel ofrecía en el Antiguo Testamento a Dios, se encuentra el “holocausto”: “es un sacrificio ofrecido todo entero a Yahvéh, es decir, el sacerdote y el oferente no tomaban parte en la acción cultual, repartiéndose la comida con Yahvéh (por esto recibe a veces el nombre de «sacrificio total» […] El holocausto podía ofrecerse por motivos muy diversos. En momentos de alegría expresaba el agradecimiento por una empresa que Yahvéh había llevado a feliz término, como en 1 Sam 6, 14 ó Jue 11, 30 s. Pero también lo encontramos en períodos de tribulación, cuando Israel experimentaba en sí mismo la ira de Yahvéh (Jue 21, 4; 1 Sam 13, 9; Miq 6, 6). En estos casos se hallaba en primer plano la súplica del perdón”[1]. El holocausto del Antiguo Testamento se realizaba de la siguiente manera: la presentación del animal destinado al sacrificio, la imposición de las manos sobre su cabeza, la matanza de la víctima, la aplicación de su sangre al altar, el desuello, la partición del animal y su combustión sobre el altar.
El holocausto del hermano, sea de la religión que fuere, no es el que agrada a Dios y será siempre un signo de que el ser humano se ha apartado de Dios, de los principios más humanos, de que pretende puerilmente ocupar el lugar de Dios; cada guerra tiene sus métodos para el holocausto, lo dijo también Francisco durante el vuelo. Israel conoció lo que llamaron las ciudades de asilo (Dt 19, 1-10), donde podía refugiarse un homicida involuntario; hoy no hay ciudad segura: Niza, Múnich, Saint Etienne du Rouvray, Nochixtlán, San Juan Chamula, Gaza, etc; ni tampoco la hubo ayer: Auschwitz, Birkenau, etc; y así seguiremos mientras nos neguemos los humanos a construir la verdadera metrópoli (del griego meter: madre y pólis: ciudad), el lugar donde nos tratemos como hermanos, hijos de la misma madre y del mismo Padre; por eso también afirmó Francisco en su vuelo a Polonia: “Todas las religiones queremos la paz. La guerra la quieren los otros”. ¿Quiénes? Esos señores del dolor, de la ambición globalizada. ¡Que la sangre esparcida de dos sacerdotes que va de Saint Etienne a Auschwitz, nos traiga la paz Señor!

Pbro. Filiberto Cruz Reyes

[1] Von Rad, Gerhard; Teología del Antiguo Testamento Vol. I; Salamanca 1986, p. 323.

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Category: Destacados, Mensaje del párroco

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