La Asunción de María

| agosto 15, 2016

A la memoria de mi abuelo Alfonso Reyes Nieto

 
En 1950, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, en un ambiente de devastación por todos los horrores que ésta implicó, y luego de que el ser humano contempló con atónito lo que él mismo es capaz de hacer a su semejante, el Papa Pío XII haciendo uso de la infalibilidad que le es propia en razón de su oficio de Romano Pontífice declaró el dogma de la Asunción de la santísima Virgen. Es la única vez que un Papa ha esgrimido dicha potestad, y que se expresa en estas palabras: «El Romano Pontífice cuando habla ex cathedra, esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia» (DS 3074; NR454).
En ese entonces y ahora a muchos les parecía algo que estaba fuera de lugar, pues viendo todos los horrores en la tierra se hablaba del cielo; pues en efecto, en el texto de la proclamación se afirma: “La inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo, al terminar su vida mortal”.
El alemán Wolfang Borchert vivió en carne propia los horrores de la guerra, tres años de prisión y vio muchos muertos no sólo a causa del combate, sino también a causa del frío y del hambre, y de tantas otras cosas. En su obra “Afuera ante la puerta” o “Afuera de la puerta”, escribía así: “¡Oh, cómo te hemos buscado , Dios! ¡En cada ruina, en cada cráter de granada, en cada noche! ¡Te hemos llamado, Dios! ¡Te hemos gritado y orado y hemos jurado tu nombre! ¿Dónde estuviste entonces, querido Dios? ¿Dónde estás esta noche? ¡Nos abandonaste! ¿Te empotraste completamente en tus bonitas iglesias antiguas, Dios? ¿No oyes nuestros gritos a través de las ventanas rotas, Dios? ¿Dónde estás?” (Basave Fernández Del Valle, A., La sinrazón metafísica del ateísmo, Universidad Regiomontana y Publicaciones Paulinas, S.A., México 1986, p. 157). Por supuesto que su experiencia es incuestionable y precisamente por eso se hace necesario recordar al hombre de ayer y hoy, no sólo su origen y su fin, sino también el sentido de su actuar cotidiano. Para el que cree en Jesucristo ese sentido se le otorga por la fe; esto lo recuerda el Papa Francisco en su reciente encíclica: “es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo” (Lumen fidei n. 4). Puede languidecer el sentido de nuestra vida.
En la tradición bizantina la fiesta de la Dormición de la Madre de Dios, como también se llama a la vigilia de la Asunción, es el sello con que se cierra el año litúrgico, así como aquella de su Natividad es el inicio del mismo. El nacimiento y la glorificación de la Madre de Dios son en efecto también el inicio y el destino de toda la Iglesia, de la cual María es figura (typos). Ya San Juan Damasceno (siglos VII-VIII) escribía para el oficio matutino en esta fiesta de la Virgen: “Desde todas las generaciones te decimos feliz, ¡oh Madre de Dios, Virgen!, porque en ti se ha complacido morar Cristo, Dios nuestro, que ninguna morada puede hospedar. Felices también nosotros, que te tenemos como protección: día y noche, en efecto, tú intercedes por nosotros”.

Pbro. Filiberto Cruz Reyes

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Category: Destacados, Mensaje del párroco

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