Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia

| agosto 6, 2016

Para Meli

El pasado 6 de mayo del presente 2016, el Papa Francisco recibió el prestigioso premio Carlo Magno; esto fue una curiosa excepción, pues Francisco nunca ha aceptado un premio en su persona. El premio lo confiere la ciudad alemana de Aquisgrán y se confiere anualmente “a personalidades cuyo pensamiento, de común acuerdo, haya sido de referencia en el ámbito político, económico y espiritual” para la Unión Europea. El nombre hace referencia a Carlo Magno, rey de los Francos, considerado el “Padre de Europa”, en cuanto que históricamente es juzgado el primer creador en la práctica de la Unión Europea, porque fue capaz de reunir un verdadero imperio bajo su gobierno. Y la motivación del Papa podría estar expresada en su discurso al Parlamento Europeo del 25 de noviembre de 2014, cuando expresó en Estrasburgo que “Desde muchas partes se recibe una impresión general de cansancio, de envejecimiento, de una Europa anciana que ya no es fértil ni vivaz”; por lo que recordó la vocación de Europa a seguir creando cultura, civilización, solidaridad, diálogo interreligioso, etc., en la perspectiva de un mundo global que se resume  en el lema de la Unión Europea, que  es Unidad en la diversidad. Si el Papa aceptó el premio fue para llamar la atención sobre la necesidad de seguir trabajando, como lo ha hecho incansablemente, a favor de la paz, de la comprensión, de la inclusión, de la misericordia, en la sociedad europea y en el mundo entero.
El día que recibió el Premio, el Papa hizo referencia a los “padres” de la Europa moderna; también mencionó al “escritor Elie Wiesel, superviviente de los campos de exterminio nazis”, quien “decía que hoy en día es imprescindible realizar una «transfusión de memoria». Es necesario «hacer memoria», tomar un poco de distancia del presente para escuchar la voz de nuestros antepasados”. Apenas casi dos meses después, el pasado 2 de Julio, Wiesel moría en Nueva York a la edad de 87 años. Eliezer Wiesel, judío ortodoxo, había nacido en 1928 en Sighet, Rumania. En 1944, a los 16 años había sido recluido en el ghetto de Sighet y después transferido a los campos de concentración. Ahí perdió a su madre, padre y una de sus hermanas. Después de la guerra, en 1955, se transfirió a los Estados Unidos. Vivió también en Israel y fue de los fundadores del Estado de Israel, rechazó ser el Presidente del Estado naciente, decía, por no haber nacido ahí; fue también siempre crítico de la ocupación de los territorios palestinos. Recibió entre otros muchos, el Premio Novel de la paz (1986). Sólo diez años después de terminada la Segunda Guerra Mundial Wiesel decide contar lo que vivió en los campos de concentración, escribiendo “Y el mundo callaba” (1955), publicado originalmente en yiddish en Argentina, y después, traducido al francés en forma más breve, con el título de “La noche” (La Nuit). Allí relato una de sus experiencias más atroces, la ejecución de un niño en el campo de concentración: “Más de media hora quedó así, luchando entre la vida y la muerte, agonizando ante nuestros ojos. Y nosotros teníamos que mirarlo bien de frente. Cuando pasé delante de él todavía estaba vivo. Su lengua estaba roja aún, sus ojos no se habían apagado.
Detrás de mí oí la misma pregunta del hombre:

  • ¿Y dónde está Dios, entonces?

Y en mí sentí una voz que respondía:

  • ¿Dónde está? Ahí está, está colgado ahí, de esa horca…

Esa noche la sopa tenía gusto a cadáver”.
Este libro fue el primero de una larga lista, pero para su autor fue el único, en todos los demás resonaba éste, ahí expresó la pesada carga del hebreo sobreviviente que ve cancelarse la memoria del horror, por eso acuñó frases como: “olvidar a nuestros muertos es volver a matarlos”. Dijo también: “Nunca olvidaré esa noche, esa primera noche en el campo que hizo de mi vida una solo larga noche bajo siete vueltas de llave”. Sí, el dolor debe ser enorme, ese sufrimiento indecible entre el no poder olvidar y el no deber olvidar.
En la entrega del premio Carlo Magno al Papa Francisco, el Presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, habló de un objetivo que política y religión tienen en común: “poner un límite al mal y al sufrimiento”. Es decir, en palabras de Wiesel: “Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia”. ¿Quién levantará la voz por los muertos y desaparecidos de nuestra patria? La memoria del sufrimiento debe ser también profecía de esperanza.

Pbro. Filiberto Cruz Reyes

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Category: Destacados, Mensaje del párroco

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