Santidad y Política

| abril 18, 2018 | 0 Comments

El don de la gracia «sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana” (n. 54)

 

El apenas pasado lunes 9 del presente mes, fue presentado un nuevo documento del Papa Francisco, una Exhortación Apostólica intitulada “Gaudete et exsultate”, [que significa “Alégrense y regocíjense” (Mt 5, 15)] y versa “sobre el llamado a la santidad en el mundo actual”.

La Exhortación Apostólica es un documento que ha tenido un uso predominantemente post conciliar por parte de los Romanos Pontífices; es un documento doctrinal y pastoral de naturaleza eminentemente exhortativa como su nombre lo indica[1], por eso Francisco afirma que “no es de esperar aquí un tratado sobre la santidad, con tantas definiciones y distinciones que podrían enriquecer este importante tema, o con análisis que podrían hacerse acerca de los medios de santificación. Mi humilde objetivo es hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades” (n. 2).

Los destinatarios somos todos los bautizados, como afirma el Papa: “Espero que estas páginas sean útiles para que toda la Iglesia se dedique a promover el deseo de la santidad” (n. 177).

Si bien es cierto que es un llamado en general a todos los fieles cristianos a la santidad, quisiera hacer aquí una breve lectura en clave de llamado a la santidad viviendo la ciudadanía, haciendo política; es decir, cómo el cristiano haciendo política debe estar inspirado en el evangelio para impregnar toda acción política del mismo, y que esto le libre de los vicios que corrompen tan noble tarea. El católico que hace política debería reflejar nítidamente el amor, la verdad, la justicia, la renuncia al egoísmo que propone el Evangelio.

 

Capítulo I

El llamado a la Santidad

En primer lugar el Papa nos pide tomar conciencia que somos parte de un pueblo, de una nación; este sentido de pertenencia nos da una identidad, pues “no existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Por eso nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo”. (n. 6)

El político que no se siente identificado con su pueblo, siendo parte de él, tarde o temprano termina despreciándolo y poniéndole precio no solo a las cosas, sino al hermano mismo. ¿Acaso no resuenan vigentes las palabras de Herodes que dijo a aquella joven que había bailado para él y sus convidados, al quedar fascinado por su baile: “Pídeme lo que quieras y te lo daré. Y le juró: Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino”? (Mc 6, 22-23).

No, los políticos no son dueños del pueblo, por eso Francisco expresa terminantemente: “¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales” (n. 14).

El Papa es consciente de que no hay recetas para vivir el Evangelio y la política; sin embargo también está convencido que “cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio” (n. 19), por eso los santos nos inspiran y ayudan a descubrir nuestra propia misión en la vida y en la sociedad, en el buscar el bien común a pesar de nuestras limitaciones y caídas, por lo que nos da un sabio consejo: “tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos” (n. 25).

También nos hace una advertencia muy práctica: “una tarea movida por la ansiedad, el orgullo, la necesidad de aparecer y de dominar, ciertamente no será santificadora” (n. 28); es decir, son estas actitudes incompatibles en la vida de un político que se diga católico.

Podríamos intentar resumir este primer capítulo del documento diciendo que: si no nos hace libres, no es verdadera política.

 

Capítulo II

Dos sutiles enemigos de la santidad

En el segundo Capítulo el Papa Francisco nos advierte de dos viejas herejías que cobran fuerza en nuestros días: el gnosticismo y el pelagianismo. El primero tiene relación con la inteligencia, el segundo con la voluntad. El conocimiento y el consentimiento son elementos indispensables para el desarrollo de un acto libre, si están viciados coartan nuestra libertad. Por eso Francisco advierte claramente que al caer en ellos “dan lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar” (n. 35), ¿acaso en este ambiente de campaña electoral no es lo que vemos constantemente: “sacarle sus trapitos” al otro; así como los abusos que la historia ha visto en nombre de la “seguridad de Estado?”.

Otra característica de estas viejas herejías es que quienes las adoptan “absolutizan sus propias teorías y obligan a los demás a someterse a los razonamientos que ellos usan (n. 39); también se notan, por ejemplo, en que “cuando alguien tiene respuestas a todas las preguntas, demuestra que no está en un sano camino y es posible que sea un falso profeta” (n. 41); es decir, el Evangelio interpela, cuestiona, desafía a buscar y discernir el camino correcto; no hay recetas para vivir. Dice Francisco: “En realidad, la doctrina, o mejor, nuestra comprensión y expresión de ella, «no es un sistema cerrado, privado de dinámicas capaces de generar interrogantes, dudas, cuestionamientos», y «las preguntas de nuestro pueblo, sus angustias, sus peleas, sus sueños, sus luchas, sus preocupaciones, poseen valor hermenéutico que no podemos ignorar si queremos tomar en serio el principio de encarnación. Sus preguntas nos ayudan a preguntarnos, sus cuestionamientos nos cuestionan»” (n. 44). Un político sano escucha, dialoga, acepta propuestas y otros puntos de vista; contesta directamente, no con una especie de esquizofrenia dialogal que responde siempre con lo “políticamente correcto” ignorando la realidad y la Trascendencia.

Todo esto, dice Francisco, por “la falta de un reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites” (n. 50) que no deja que la gracia nos haga crecer: El político católico debe hacer cotidianamente su examen de conciencia, el viejo método de la “mejora continua”.

Si no nos santifica, no es verdadera política.

 

Capítulo III

A la luz del Maestro

“El que no tranza, no avanza”, esta frase se ha convertido en nuestros días en una especie de himno o de una maldición, como si fuera el único camino para progresar, cosa que nos ha sumido en una terrible corrupción. Frente a ello Francisco “nos invita también a una existencia austera y despojada” (n. 70); el político católico debe terminar con la mítica aporía de “o eres político o trabajas”, y de la casi normal actitud “donde cada uno se cree con el derecho de alzarse por encima de los otros (n. 71) e imponer su propia verdad bajo el velo de la simple percepción, pues “el mundo no quiere llorar: prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas […] creyendo que es posible disimular la realidad (n. 75).

Frente a esas tentaciones, Francisco propone las bienaventuranzas como agenda perenne en el corazón del católico que debe incursionar en la política, sabiendo que el “busca primero el Reino de Dios y su justicia divina y todo lo demás se te dará por añadidura” (cfr. Mt 6, 33) es algo que está vigente. “Pero la justicia que propone Jesús no es como la que busca el mundo, tantas veces manchada por intereses mezquinos, manipulada para un lado o para otro. La realidad nos muestra qué fácil es entrar en las pandillas de la corrupción, formar parte de esa política cotidiana del «doy para que me den», donde todo es negocio […] Algunos desisten de luchar por la verdadera justicia, y optan por subirse al carro del vencedor” (n. 78).

En cuanto a la política, los católicos estamos llamados a “convertirnos en seres que cuestionan a la sociedad con su vida” (n. 90), una vida de santidad, sabiendo que “un santo no es alguien raro, lejano, que se vuelve insoportable por su vanidad, su negatividad y sus resentimientos” (n. 93); vida de santidad en la que “no se trata solo de realizar algunas buenas obras sino de buscar un cambio social: «Para que las generaciones posteriores también fueran liberadas, claramente el objetivo debía ser la restauración de sistemas sociales y económicos justos para que ya no pudiera haber exclusión» (n. 99).

Con un solo excluido que haya, no es buena política.

 

Capítulo IV

Algunas notas de la santidad

El Papa nos recuerda que el católico tiene la misma naturaleza de todo ser humano, que es débil y está expuesto a las mismas tentaciones, por lo que nos invita a estar atentos y cultivar las virtudes, entre ellas, para ser santo se necesita una firmeza interior “que es obra de la gracia, nos preserva de dejarnos arrastrar por la violencia que invade la vida social” (n. 116); el católico que se dedique a la política debe, por ejemplo, aprender a “discutir amablemente, a reclamar justicia o a defender a los débiles ante los poderosos, aunque eso le traiga consecuencias negativas para su imagen (n. 119); a hacer lo sin tener miedo, pues “¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias. Él mismo se hizo periferia (cf. Flp 2,6-8; Jn 1,14)” (n. 135).

Estamos no en una época de cambio, sino en un cambio de época, hay muchas situaciones novedosas, inéditas, por lo que el Papa Francisco nos exhorta diciendo: “Desafiemos la costumbre, abramos bien los ojos y los oídos, y sobre todo el corazón” (n. 137).

Una política que conserva los vicios de siempre, no es verdadera.

 

Capítulo V

Combate, vigilancia y discernimiento

El Papa Francisco nos recuerda que hay muchos peligros en la vida en general y también en la vida política en particular, por eso recuerda que el católico que busca ser santo en la política no debe olvidar que “la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo” (n. 159) debe estar lejos de él si quiere ser feliz y hacer felices a los demás, si quiere hacer un trabajo serio y andar en la presencia del Señor, por lo que dice el  Papa: “pido a todos los cristianos que no dejen de hacer cada día, en diálogo con el Señor que nos ama, un sincero «examen de conciencia» (n. 169).

Una política sin rendición de cuentas, no es buena.

 

Pbro. Filiberto Cruz Reyes

15 de abril de 2018

CECUCO, San Juan del Río, Qro.

 

 

[1]Medina Balam, Mario; Para una valoración doctrinal y jurídica de los documentos eclesiásticos. México 2007, p. 131,

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Category: Destacados, Mensaje del párroco

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