Tengo sed

| septiembre 5, 2016

A Wenceslao, Pbro. Hermano en el ministerio

En un mundo en el que la autoestima no es algo que abunde (se mide por el número de seguidores en las redes sociales, por la capacidad de portar cierta marca en el vestido, los lugares a los que se puede tener acceso, las llamadas que se decide contestar, lo sofisticado que se puede comer, los vicios en que se suele incurrir, los titulares que se acaparan, cuando eres tendencia, etc.), un mundo sediento, mucho podríamos aprender de ella. Nació el 26 de agosto de 1910 en Skopje, entonces capital de Kosovo, que pertenecía al Imperio otomano; aunque le gustaba decir que había nacido el 27 del mismo (era el día de su bautismo); le pusieron el nombre de Anjezë (Inés). Hizo la primera Comunión a los cinco años y se Confirmó un poco después. Fue catequista en su parroquia. Muy pronto conoció el dolor: cuando tenía ocho años de edad, su padre, siendo activista político fue asesinado, lo envenenaron. Alos 18 años entró en la Congregación de las “Hermanas de Loreto”. Su madre se encargó de su educación católica en un país mayoritariamente musulmán. Fue enviada a Irlanda y pudo regresar a su patria sólo hasta 1989, cuando cayó el régimen del dictador Enver Hoxha, que había proclamado a Albania como “la primera nación legalmente atea del mundo”. Nunca más volvió a ver su madre.
En 1934 hizo sus votos perpetuos adoptando el nombre de Teresa, inspirada en Teresa de Lisieux. En 1946 experimentó lo que más tarde llamaría “la llamada dentro de la llamada”, es decir, sintió que Dios la llamaba, impresionada por la miseria de tantas personas que veía en la calle y en el tren, a dedicarse por completo a su servicio. De esto informó a su superiora, a su director espiritual y al Arzobispo de Calcuta. En su comunidad enfrentó incomprensiones; con la ayuda del Arzobispo logró que Pío XII, en 1948, le permitiera dejar la Congregación y seguir viviendo como religiosa. Luego de un curso de enfermería, y por la Providencia Divina, el 25 de diciembre del mismo año inició su nueva vocación: el servicio a los más pobres de entre los pobres. En un año se le habían unido ya 12 compañeras. Hoy las “Misioneras de la caridad” son cerca de 5300, con 758 casas de asistencia esparcidas en 132 países.
La hoy Santa, narra un episodio que marcó su vida, cómo un hombre a punto de morir le preguntó si Jesús era como ella: “No olvido nunca cómo una vez recogí a un hombre de la calle. Estaba todo cubierto de gusanos, excepto su rostro. Lo llevé al Nirmal Hriday (Corazón puro, su primer casa de asistencia fundada en 1952) y él dijo sólo una frese: «Madre, he vivido toda mi vida como un animal por la calle, pero ahora estoy muriendo como un ángel amado y curado» […] Sentí que él se alegraba por este amor, por el hecho de ser deseado, amado, por el hecho de ser alguien para alguien”. No hacía distinción si el moribundo era hindú, musulmán, anglicano o católico; a todos también les procuraba su última voluntad: un funeral de acuerdo a su fe, lo que le ocasionó no pocos problemas[1].
Su espiritualidad está sustentada en la afirmación de Jesucristo: “cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Desarrolló en su vida una espiritualidad de la Encarnación, el Dios que se hizo hombre y que sigue sufriendo en el mundo. Esa Encarnación que empezó a cuidar ese 25 de diciembre, día que celebramos su nacimiento. A sus hermanas de comunidad les inculcó que la jornada cotidiana debe empezar con la participación en la Eucaristía, y deben terminarla con la adoración a Jesús sacramentado. Junto a cada Sagrario donde se reserva la Eucaristía, acostumbran las Hermanas de la caridad, poner unas palabras del Evangelio: “Tengo sed” (Jn 19, 28), esas que Jesús pronunció en la cruz antes de morir.  A las casas de asistencia, la Madre Teresa les llamó “tabernáculos”, Sagrarios, por que ahí se encuentra Jesucristo en la persona de los más pobres.
Al recibir el premio Novel de la paz en 1979, dijo Santa teresa de Calcuta: “creo que el mayor destructor de la paz hoy es el aborto, porque es una guerra directa, un asesinato directo por la madre misma. Y leemos en las Escrituras, porque Dios lo dice claramente: Incluso si una madre puede olvidar a su hijo, Yo no te olvidaré, te llevo grabado en la palma de mi mano. Estamos grabados en la palma de Su mano, tan cerca de Él que el niño todavía no nacido ha sido tallado en la palma de la mano de Dios”.
Sí, Santa Teresa de Calcuta viene a recordarnos que la falta de autoestima y de estima a los demás es porque no hemos descubierto ese amor que Dios nos tiene, por eso también nosotros tenemos sed y la provocamos con nuestra indiferencia ante al hermano. Frente a quienes por oficio deberían cuidar de los más pobres en nuestra patria y los desprecian con su indolencia filicida, no podemos ni debemos claudicar.
 
Pbro. Filiberto Cruz Reyes
4 de septiembre de 2016,
Día de la Canonización de Santa Teresa de Calcuta
[1] Cfr. Pani, G; Madre Teresa di Calcuta. La canonizzazione di una Missionaria della Carità. En La Civiltà Cattolica 2016 III, 420-432, 3989 (10 de septiembre de 2016)

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Category: Destacados, Mensaje del párroco

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